Apuntes en torno a la utilización de la noción de patrimonio cultural
por Juan Batalla
 
Timbuktu    
 

Término repetido hasta vaciarse parcialmente de sentido, se entiende como patrimonio cultural a un grupo de bienes tangibles o intangibles que conforman el legado de los antepasados de un pueblo. Pero si ya la identificación de un pueblo parece presumir un acto, cuanto menos, de fe, se evidencia una complicación aun mayor en torno a definir qué constituye la nación que lo contiene, -noción reciente y precaria que hoy procura aparentar solidez, quizá porque desde Marx nadie más lanzó un desafío serio al concepto de nacionalidad-. Bueno, debemos ser conscientes de que al asignarle a un grupo de gente un vínculo con determinado pasado y sus protagonistas, quienes gobiernan los estados-nación obtienen evidentes beneficios. La invención de una pertenencia a cierto linaje o la transmisión de la idea de continuidad respecto a ciertos hechos, creaciones y personajes de otro tiempo, son una inmejorable herramienta de legitimación del poder actual. Y de aglutinamiento de lo diverso, que está muchas veces atrapado por fronteras que nada tienen que ver con ordenamientos previos culturales, étnicos o geográficos.
Entonces, si el concepto de patrimonio cultural ha resultado una herramienta apropiada para alcanzar algunos efectos benéficos, observemos también en qué medida sirve a otros objetivos más turbios, o se encuentra en medio de disputas difíciles de ser entendidas en términos binarios.

Los sucesos acontecidos últimamente en Egipto desembocaron en un presente en el que, ante los ojos de todos, se pone en juego la radicalización islamista, con un partido político que la promueve segundo en las preferencias populares y en crecimiento. La reciente discusión acerca de la adopción de la sharia o ley coránica, trajo a superficie discusiones inconcebibles, como la que rodea la posible puesta en práctica de lo que propone el muy influyente jihadista Al-Gohary: destruir las pirámides, la esfinge y otros monumentos antiguos. Por idolátricos. De nada sirve que otros islamistas moderados lo confronten con la idea de que esos monumentos hace milenios que no son adorados por nadie. Su sola presencia es ofensiva, según este señor.
Lo cierto es que en Egipto el interés por las antigüedades y el pasado faraónico solo surgió a fines del siglo XIX y debido al interés de conseguir independencia respecto al Imperio Otomano, para lo cual era útil para la población de entonces pensarse como herederos de un poderoso reino pretérito. Más tarde, ya en la segunda mitad del siglo XX, Nasser lo utilizó buscando identificar su gobierno y su figura con aquellos de un gran faraón. Pero es difícil imponer desde arriba el vínculo de los habitantes actuales del territorio egipcio con aquel pasado. No es nada claro que el estado-nación Egipto y su población presente, asentados en un territorio que fue gobernado y transitado por muchas civilizaciones, pueda ser el heredero "natural" de aquella cultura. Entre las dinastías faraónicas y Al-Gohary pasaron por allí persas, griegos, romanos, bizantinos, dinastías otomanas, británicos... Se cree que los mamelucos fueron quienes destruyeron la nariz de la Esfinge, aunque otras versiones le atribuyen esta empresa a las fuerzas de Napoleón, cuya presencia jugó un papel fundamental respecto a nuestra percepción de la cultura faraónica, ya que durante su ocupación fue descubierta la extraordinaria Piedra Rosetta, que finalmente permitió desentrañar el lenguaje de los jeroglíficos gracias a los esfuerzos y al talento del británico Young y el francés Champollion.
Hoy la Piedra Rosetta está en el British Museum, pese a las insistentes gestiones de autoridades egipcias para repatriarla junto a muchas otras antigüedades. ¿Qué hubiese pasado de haber prosperado este reclamo? Quizá hubiese corrido la misma suerte de algunas piezas dañadas durante el saqueo al Museo Egipcio de El Cairo antes de la caída de Mubarak -luego se descubrió que provocado por sus servicios secretos para sembrar terror-, tiempo en el que también sufrió un ataque el templo de Karnak.

Mientras, el mundo le ha otorgado a los estados-nación un enorme poder para disponer de las antigüedades halladas en sus territorios, principalmente en el marco que provee la legislación creada por UNESCO. Luego, cada uno de ellos posee leyes diferentes al respecto. Pero, ¿qué sucede cuando esos estados-nación que reclaman la posesión de tales bienes son los mismos que desean su destrucción? ¿Acaso esos bienes no son patrimonio de la humanidad, antes que nada? Estamos frente a un perro que se rasca hasta provocarse heridas a sí mismo.

La destrucción de los Budas que el gobierno talibán encaró en 2001 cede paso ahora a otra destrucción monstruosa a llevarse a cabo en ese territorio: la de un enclave de antiguos monasterios budistas. Pero esta vez no por causa del fanatismo religioso, sino a razón de intereses comerciales, ya que se encuentra asentado sobre un gran yacimiento de cobre. Se ha otorgado a posibles exploraciones arqueológicas un tiempo para realizar el salvataje que sea posible. Y ya vence, mientras expediciones trabajan contrarreloj para rescatar algo. Es que no fue posible financiar adecuadamente el trabajo de los arqueólogos. ¿Qué hubiese pasado de haberse realizado un convenio con los vilipendiados museos europeos, como el British o el Louvre? Uno consistente en compartir con un museo afgano lo que allí hubiese sido descubierto, por ejemplo. Las leyes nacionalistas rígidas generan consecuencias que escapan a sus enunciados, aunque sean agradables a oídos sensibles al canto de sirenas nacionalizante. Una nota en la revista Ñ del 26/1 se refiere a este asunto. Pero su autor no duda en afirmar que el peor peligro que sufre el sitio es el de que se produzcan saqueos que puedan alimentar al mercado negro de antigüedades. ¿Puede ser ese el peor peligro, dada la circunstancia? ¿Es concebible ese razonamiento, a minutos de la desaparición definitiva de semejante patrimonio?

No existen las culturas eternas o autónomas. Ni continuidades incontaminadas entre el pasado y el presente. Hay, sí, objetos que circulan por el mundo desde hace centurias o milenios y que en muchos casos fueron creados con ese fin. Pienso que una institución francamente despolitizada y global debe encargarse de regular que puedan coexistir el trabajo de los arqueólogos y científicos, los museos que exhiben como obras de arte objetos antiguos que para los arqueólogos representan solo artefactos culturales, y el coleccionismo privado. Los países y las ciudades con mayor riqueza, y por ende capacidad para exhibirlos y custodiarlos, tendrán objetos más bellos y valiosos, y también debería conservarse una porción significativa de ellos para los museos locales que prueben ser capaces de albergarlos. Pero la riqueza se mueve más rápido que nada, y el día de mañana los museos sudamericanos podrán poseer lo que crean significativo según su entendimiento de entonces, ya sean objetos provenientes de estas latitudes o quizá Pollocks, ánforas griegas o Hockneys.

Punta Querandí: se trata de un yacimiento arqueológico por el que a veces paseo acá en Ingeniero Maschwitz, provincia de Buenos Aires. Fue estudiado hace mucho por gente de la Universidad de La Plata. Luego olvidado. Aquí quizá haya tenido lugar el malhadado encuentro de los querandíes con Mendoza, que Ulrico Schmidl describiera meticulosamente. Gente de transición los querandíes, como afirma Sarasola, dado que compartían aspectos de la cultura tehuelche-pampa con la de los guaykurúes, más del Litoral. No vivían en ningún lado. Nowhere men. Hace tiempo caminaba por ahí y di con el propietario de una finca en la que se hallaban numerosos restos arqueológicos. Al gaucho no le gustaban. "Pura porquería", insistía patéticamente en decirme. Pero uno se agachaba y a simple vista se hallaban fragmentos de cerámica. Finalmente uno de sus hijos me llamó aparte y secretamente me mostró un plato completo que había encontrado en la barranca del arroyo. Era rojizo, con marcas de cestería en el moldeado.
Hoy en Punta Querandí hay mucha agitación. Se está construyendo un monótono barrio cerrado, en el lugar que supuestos descendientes de los querandíes reclaman como propio. De un lado, constructores envalentonados con pocas ganas de negociar nada. Y personas que compraron esas tierras según las leyes huincas. Del otro, gente honesta eventualmente mezclada con punteros políticos que los utilizan para sus propósitos. Antes, la indiferencia. Ahora, un conflicto que solo crece. Y que para solucionarse debe encontrar, como siempre, vías de negociación.
La idea de patrimonio cultural genera conflictos en todas partes: no existen respuestas ni recetas definitivas ante esta problemática, pero sí gente que se apropia de estos valores para sus propios fines y torsiona el relato del pasado para acomodarlo a intereses. Las aduanas hablan del sinsentido de muchas de las leyes dedicadas a él. No siempre sirven para defender a aquellos que son frágiles, sino que adoptando un matiz nacionalista terminan ayudando a encumbrar a las elites económicas. Los argumentos respecto a identidad cultural son usados a veces con falsedad, sin respetar los intereses locales ni los de una humanidad que es dueña en común de su pasado. En definitiva, lo importante es la preservación correcta y el mayor acceso público posible para los objetos y los sitios antiguos, junto a la producción de conocimiento respecto y a partir de ellos. Bueno, eso conduce a una ética del cuidado. Siguiéndola, también podremos preservar el patrimonio actual, el que será antiguo en minutos. Caso por caso, con la atención que merece. En Argentina no pueden seguir dañándose los bienes del Cultural San Martín, los monumentos públicos, los bienes naturales, nada. En nombre de nada. Esas encrucijadas transitamos. 

No creo que sigan existiendo los países de acá a un tiempo. No como los conocemos. Solo tienen entidad real lugares que se nombran como promesas. Timbuktu. El sitio que los occidentales juraban haber conocido, pero cuando probadamente uno de ellos consiguió ir y volver para contarlo, se comprobó que ninguno antes había estado realmente, que habían sido espejismos o fabulaciones, dadas sus descripciones falsas de la ciudad. Paradigmático centro de cruce de culturas, sinónimo de lejanía, Timbuktu lega a la humanidad bibliotecas repletas de sabiduría antigua. Este año, los jihadistas -que son solo la más evidente encarnación actual de un gesto tantas veces repetido durante la historia de la humanidad- incendiaron una biblioteca y persisten sin ser hallados cerca de 2000 manuscritos. Las pérdidas de libros huelen diferente. Aunque no tengan lugar a 451 grados fahrenheit, necesariamente. Huelen a recuerdo del remoto futuro, a la pérdida del conocimiento que podría sumirnos en otra era oscura, justo cuando tenemos como especie las herramientas para sumirnos, pero también para el despegue.





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Los nuevos objetivos    
 
     
  SUMARIO  
Año 3 - Numero 27
Tapa
Editorial + Staff
Mercado no es mala palabra
Entrevista a Julia Converti
por M.S.Dansey
     
Producción fotográfica
por Cecilia Estalles
     
Arte acondicionado
Presencia del género del terror en las artes visuales
por Dany Barreto
     
De Timbuktu a Punta Querandí
Sobre la utilización de la noción de patrimonio cultural
por Juan Batalla
     
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por Mariano Soto
     
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